Historias Verdaderas 1: Amor Eterno

 

Tengo 35 años, pero mi historia comienza a los 15. Qué edad complicada, no somos grandes ni chicos. A decir verdad, nos creemos grandes y somos muy chicos. Yo era la típica estudiante del rincón, apartada de la mayoría. Usaba anteojos, brackets, el flequillo me tapaba la frente y era muy tímida. En todo el curso había un solo chico que se me acercaba, y qué casualidad, se sentaba al lado mío cada vez que teníamos un examen. Y es que sí, completaba el estereotipo siendo buena estudiante y sacando buenas notas. Aunque una no lo admita y se crea orgullosa, en el fondo del corazón siente algo de tristeza, y a veces esa tristeza se descarga a través del estudio. El chico era muy lindo, y aunque yo sabía que se acercaba sólo por interés, al menos me gustaba sentir su compañía.

Ese era el año de las fiestas de 15. Era septiembre y ya habían pasado como 10 cumpleaños. Por supuesto, yo no fui invitada a ninguna. Pero llegó el de una compañera cuya familia era muy adinerada. Fue la única fiesta a la que me invitaron, y es que en realidad la chica había invitado a todos los compañeros. Yo estaba en la duda si ir o no ir, y al final me decidí. Había escuchado tantas veces como los demás hablaban el lunes por la mañana acerca de bailes, vestidos y besos medio escondidos en la oscuridad que ahora quería ver yo cómo era la cosa.

Ese sábado a la tarde me puse la ropa más linda que tenía y sin esperar nada realmente  especial salí de mi casa y me fui a la celebración. Era media hora de viaje. Estaba algo nerviosa, eso sí, pero no quería demostrarlo.

Apenas llegué había una especie de custodio en la entrada del salón, y al mostrarle la tarjeta de invitación me abrió la puerta. Ahora sí que estaba más nerviosa, pero una vez adentro sonreí cuando la mayoría de mis compañeras que ya estaban ahí, algunas con sus novios y otras hablando entre ellas, se sorprendieron al verme y me invitaron a formar parte del grupo. Pasamos toda la noche bailando, charlando, riéndonos… fue una noche hermosa que no esperaba.

Ya avanzada la noche me alejé  por un momento y me fui a un balcón que estaba en el primer piso. No había nubes en el cielo y la luna llena parecía gigante. Tampoco había gente. Después de tanta música quería descansar un rato.

En ese momento se acercó Nico, el chico que siempre venía cuando teníamos examen. Nos quedamos charlando un rato, y aunque estábamos solos  lo notaba algo nervioso. Y cuando se produjo un silencio incómodo metió la mano en el saco que traía puesto y sacó una carta. Me dijo que la leyera en mi casa, pero en mi torpeza, nerviosismo, curiosidad o yo qué sé qué, la abrí ahí mismo. La cara de Nico se puso pálida, y él se quedó duro cómo un árbol. El papel estaba escrito a mano con tinta azul. Aún lo conservo en el mismo sobre. Decía que era mi admirador secreto, que gustaba de mí y me preguntaba si quería ser su novia. A cambio prometía amarme hasta el último día. Cosas de adolescentes. Para mí, sin embargo,  fue la noche más perfecta de mi vida. Yo también gustaba de él, pero nunca se lo hubiera dicho. Nos dimos entonces un beso, nuestro primer beso, el primero de miles. No sé si fue largo o corto, pero para mí fue eterno.

Hoy tantos años después estamos casados y tenemos dos hijos. ¿Si existe el amor eterno en estos tiempos tan agitados? Si me preguntan, yo cuento mi historia y digo que sí.

 

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