Historias de Amor Verdaderas 2: Amor de Verano

 

Nuestra historia comenzó hace… unos años, no sé si mucho o poco. Creo que eso depende de cada quien. De chico solía ir casi todos los veranos de vacaciones junto a mi familia a Mar del Plata, y siguiendo la tradición el primer año que me fui sólo con mis amigos fui a la misma ciudad. Tenía 18 años y sentía la libertad correr por mis venas. No tenía novia ni estaba atado a nada, igual que el resto de mis amigos, sentía que mis días tenían 25 horas.

En una de las playas que están más al centro había un pequeño parador en el que preparaban jugos exprimidos de diferentes clases de frutas, era un lugar al que íbamos todas las tardes. La verdad, la pasábamos muy bien. El puesto era muy chico, tenía un techo de paja y una barra de madera rústica. Los que atendían, todos también muy jóvenes, lo hacían en ojotas o directamente descalzos, vestían ropa estilo surf, anteojos de sol y camisetas sin mangas. Pasaban música pop del momento y a todos se los veía muy relajados. ¿Trabajar en un lugar así a dos pasos de la arena, con el mar de frente y conociendo gente buena onda cada día? Creo que de haber tenido la oportunidad hubiera dejado todo en Buenos Aires, en la jungla de cemento y me hubiera quedado ahí. Claro está, nunca lo hice, tenía que estudiar y cumplir mis obligaciones. Pero en una de aquellas interminables tardes conocí una chica con la que entablé una buena y extraña amistad. Tenía ella el pelo rubio y largo y la piel tostada por el sol. El destino quiso, si es que tal cosa existe, que se sentara junto a mí a pesar de que ambos estábamos con nuestros amigos. Para ser sincero, no sentí nada especial en ese momento, pero por algún motivo teníamos mucha conexión. Nos quedamos charlando toda la tarde y arreglamos para ir a bailar esa misma noche. La cita se concretó, nos vimos, tomamos algún trago, bailamos algo y charlamos un rato. A pesar de las desenfrenadas noches que yo venía teniendo no pasó nada más que eso, pero por algún motivo no lo necesité y volvimos junto con mis amigos a la casa que estábamos alquilando.

Dos días más tarde volvimos al mismo puesto sobre la playa y al rato llegó Nadia otra vez con sus amigas. Al igual que tantos otros jóvenes ellas también solían frecuentar el lugar, y no era tan grande como para no vernos. Así que nos vimos y seguimos charlando una vez más toda la tarde. Intercambiamos teléfonos, pero esta vez no arreglamos nada. Ellas eran de Mar del Plata, pero nosotros nos volvíamos al otro día.

De regreso en Buenos Aires todavía quedaba un mes para comenzar las clases en la facultad. La verdad es que nunca me había quedado pensando en una chica, pero ella tenía una especie de energía especial, diferente, y por ratos pensaba en ella. Me sentía un tonto.

Una tarde de domingo, de esas que están llenas de melancolía sin razón aparente me decidí a llamarla. Ya habían pasado unos 15 o 20 días de mi regreso y mi valija con la mayoría de la ropa que había llevado seguía ahí tirada en un rincón de mi habitación. Revolví todo buscando el papelito donde había anotado su número de teléfono y obviamente no lo encontré. Sentí una sensación extraña en el pecho pero tampoco me quería obsesionar, así que salí a caminar y a tomar un helado.

Meses más tarde conocí una chica en la facultad. Era muy linda y teníamos mucha química. Pronto comenzamos una relación y aunque nos llevábamos muy bien, con el tiempo la relación se empezó a desgastar y ya para diciembre habíamos terminado en buenos términos.

Fue un año intenso. Dos de los chicos del grupo ya tenían novia y uno estaba trabajando. Llegado el verano, los que aún estábamos libres viajamos a la querida Mar del Plata. A pesar de ser menos, la magia no se había perdido, fue otra temporada inolvidable.

Por fin, una tarde volvimos al mismo parador en la playa al que solíamos ir. Ya en el camino Nadia volvió a mis pensamientos, pero cuando llegamos no estaba ahí. Sentí una pequeña desilusión en el corazón, pero luego pensé que el destino así era, cruzó nuestro camino un año antes, algo que parecía tan lejano ahora, y jamás nos volvería a juntar, como tantas otras historias y personas que pasan por la vida de uno.

El último día antes de regresar de las vacaciones, y como ya era tradición volvimos al mismo parador de siempre. El sol estaba a pleno, me hubiera gustado quedarme unos días más. Y para ponerle un último condimento, a mitad de una ronda de jugos de fruta y mojitos llegó Nadia junto con sus amigas. Hoy lo cuento con gracia, pero reconozco que pocas veces en mi vida me sentí tan nervioso. Ahí venía ella sonriendo como siempre, con su piel tostada y su melena sacudiéndose con la brisa. Por suerte ella me vio y se acercó. Nos quedamos hablando como si nos conociéramos de toda la vida. Me preguntó por qué no la había llamado y cuando le dije la razón me dijo que era un despistado. Tenía razón. Por su parte, ella también había tenido un novio ese año pero ya tampoco estaban juntos. Estuvimos charlando hasta largas horas de la noche y salimos a caminar por la playa. Hacía frio. En Mar del Plata siempre hace frío por la noche. Así que le presté mi buzo y me pase la siguiente semana resfriado, pero valió la pena. El peor momento, como siempre, fue la despedida. Nuevamente me dio su teléfono, lo anoté en un papel, nos dimos un abrazo de amigos y eso fue todo. Ella se fue por un lado y yo por el otro con un vacío profundo en mi pecho.

De regreso a Buenos Aires no podía dejar de pensar en ella. Me asomaba por la ventana de mi edificio pensando si escucharía mi voz. Nunca me había pasado algo así. Estaba enamorado. ¿Cómo sabe alguien que está enamorado? No sé como describirlo, es un sentimiento único. Nunca me había pasado. Busqué en mi valija y sí, esta vez ahí estaba su número. Lo había guardado bien. Pensé en llamarla pero estaba nervioso. Mi mano traspiraba mucho. ¿Qué podía decirle? Me pasé toda la tarde inventado un diálogo en mi cabeza, y como tres horas después me decidí y le mandé un mensaje. Hola, le puse. Así a secas. Sentía palpitaciones. Al minuto respondió y me tranquilicé un poco. ¿Cómo están las cosas por allá? Le pregunté haciéndome el que no tenía nada importante qué decir. Todo bien. ¿Cómo anda la gran ciudad y sus quilombos? Me pone junto con una sonrisita. ¿Te puedo llamar? ¿O estás ocupada? No te quiero molestar, le puse. Es domingo, estoy en mi casa respondió. Dije que antes estaba nervioso, pero ahora lo estaba mucho más. Mil pensamientos se me cruzaron por la cabeza, pero junté coraje y la llamé. Y le dije la verdad, que estaba enamorado y que no podía dejar de pensar en ella. Del otro lado escuché una sonrisa y una voz que me pareció angelical. Me dijo que sentía lo mismo por mi y que en toda la semana no había dejado de pensar en mi un solo día, pero creía que nunca la iba a llamar.

Lo que siguió fue una charla bastante extensa, de esas que nunca se olvidan. Comenzamos una relación a distancia, pero prometimos que el próximo verano nos veríamos. De hecho, meses más tarde para las vacaciones de invierno ella vino a Buenos Aires dos semanas. Despedirse fue horrible, como siempre, pero teníamos la certeza que nos volveríamos a juntar. Y así fue, cinco meses después terminé la facultad y con la llegada del verano me vine una vez más a la playa. Acá me quedé, junto a la mujer que amo, y cada día de mi vida soy muy feliz. Bueno, lo somos, nosotros dos, el primero de los chicos que ya llegó y la segunda que todavía está en la panza. El verano que viene, si Dios quiere ya va estar acá.

***

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