Hernan por el mundo

Haciendo negocios en China (parte 1)

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Durante mi estadía en China tuve dos locales, uno de libros y otro de gorros, creo que esto ya lo conté varias veces. Lo que nunca conté fue el detrás de las escenas de todo esto, así que si usted señor o usted señora está planeando viajar al gigante asiático para abrir su propio local dentro de un shopping en una ciudad donde se habla un dialecto propio y son pocos los extranjeros quizás esto le pueda servir de algo. Si no es así al menos se puede entretener un poco.

Todo comenzó después de haber trabajado durante un año como profesor de español y de haber sufrido, transpirado y casi padecido varios ataques cardíacos tratando de renovar mi visa para quedarme en el país. Si algo había aprendido era que en China no se “jode” con la justicia así que era mejor tener los papeles en regla. Pero como ya dije en la Guía para vivir y trabajar en China, la vida en el gigante asiático es muy barata en general y eso le permite a uno ahorrar con relativa facilidad. Fue así que una vez medianamente acomodados, Zhufen y yo decidimos abrir nuestro propio local y el sentimiento de un emprendimiento propio se vio acrecentado cuando a unas cinco cuadras de donde vivíamos abrió un shopping espectacular lleno de locales en su interior listos para su alquiler. Algo que se ve más que nada en las ciudades medianas como Changsha, la que vivía yo, es algo a lo que yo llamo el jardín de cemento, porque realmente no se como hacen pero todos los meses surgen edificios nuevos de hoteles, shoppings, oficinas…y no son edificios feos y sin pintura, no mi fiel espectador que ya está buscando donde venden el pasaje más barato para irse, son edificios modernísimos de treinta o más pisos. Mi teoría es que el cemento en estas ciudades está mezclado con una tierra especial y cada vez que llueve florece uno nuevo, por eso lo del jardín de cemento.

El shopping que habían inaugurado, con forma de tren, en donde nosotros teníamos nuestro local

El shopping que habían inaugurado, con forma de tren, en donde nosotros teníamos nuestro local

Bueno, dejémonos de formalidades, ¿te puedo tutear no?. Imaginate, un pibe con un poco de plata que ahorró, para el coche no le alcanza y además no puede sacar una licencia por cuestiones de idioma, le abren un shopping a cinco cuadras, pregunta para alquilar un local y le alcanza, y si, obviamente algo va a hacer. Esto también nos servía a nosotros para que Zhufen dejara su trabajo, algo que yo quería, creo que se lo merecía, porque allá, curiosamente, el trabajo con los chinos y los extranjeros es totalmente distinto.

Así que nos pusimos a pensar. Yo enseño en una escuela de idiomas, a los estudiantes chinos les encanta practicar su inglés con los extranjeros, a quince cuadras hay varias universidades por lo cual la zona está llena de estudiantes…¡ya está! Vamos a abrir un local para vender libros de idiomas y me voy a poner yo como conejillo de indias vendiendo. Obviamente era un negocio redondo.

Lo primero que hicimos entonces fue ir a averiguar que era lo que necesitábamos en cuanto a habilitación y esas cosas, y al ser yo extranjero no podía firmar nada así que todo iba a estar a nombre de ella. Al cabo que ni quería que las cosas estén a mi nombre diría el chavo del ocho. También nos dijeron que al estar el local dentro de un shopping teníamos un plazo para ponerlo en marcha, no era un viva la pepa que uno pagaba y abría dentro de dos meses. Entonces bueno, firmamos (aramos dijo el mosquito), pagamos y nos pusimos manos a la obra.

Lo primero que necesitábamos era comprar los libros lo cual obviamente ya teníamos averiguado de antemano. En todas las ciudades chinas, al menos en las que yo conocí, siempre había un mercado tipo el mercado central de Buenos Aires pero no solo de frutas, verduras y comida sino de todo tipo de productos. Nosotros claro está, fuimos al que era de libros que como siempre era un enorme edificio de muchos pisos con muchos locales y vendedores. En el segundo piso (el tercero según las medidas argentinas porque en China la planta baja cuenta como primer piso) se encontraba el puesto más grande el cual, presentando nuestra identificación de librería (chupate esa mandarina) nos daba un considerable descuento. En realidad la razón principal por la que fuimos a ese gran local era porque tenían unos carritos como los de los supermercados pero más lindos donde uno iba poniendo lo que compraba mientras paseaba por los pasillos con cara de feliz cumpleaños. Pasamos así toda la mañana y la tarde eligiendo los ejemplares que íbamos a llevar y que cantidad de cada uno hasta que finalmente fuimos a la caja y nuestra sonrisa cambió repentinamente al ver la cuenta. Una leve esperanza surgió dentro de mi cuando Zhufen le dijo a la cajera que había que aplicarle el descuento. Ya está aplicado respondió seriamente la chica y mis ojos lagrimearon al entregar los billetes.

En fin, mucho carrito mucho carrito (ya no me gustaban más los carritos) pero ahora tenemos que llevar todos estos libros decía yo. Tonto de mí. Al momento vino un hombre que estaba parado por atrás y en un carro enorme y feo puso los libros en distintas cajas, las cargó, nos acompaño hasta la calle y nos dejó todo justo en una parada de taxis. El hombre no tenía cara de querer trabajar mucho y cuando descargaba las cajas en vez de apoyarlas casi que las tiraba. Me puse a ayudarlo pero el tipo como si nada seguía igual así que en mi pobre chino le dije ¡loco, despacio! Y el buen samaritano me miró, terminó de descargar (ahora más suave) y con una cara de cola por no decir una mala palabra dio media vuelta y regresó. Pero bueno, que querés, uno estaba pagando, cuchame.

Bueno mi gente, hasta acá nomás para no hacerla tan larga. Si querés ver como siguió todo podés leer el próximo post. Y ahora sí les dejo unas foticos como diría Banzu, mi amigo cubano que luego me enteré que era de Ghana (uy, hay tantas historias que me muero por contar! Ya me pongo a escribir, ya me pongo a escribir!)

La tarjeta de presentación de la librería de esas que uno entrega a otra persona con Patoruzú de escudo. Lo naranja son las calles y en sí todo es un pequeño mapa para encontrar el local

La tarjeta de presentación de la librería de esas que uno entrega a otra persona con Patoruzú de escudo. Lo naranja son las calles y en sí todo es un pequeño mapa para encontrar el local

El logo de la librería, diseñado por mí, a la cual llamamos Librería el Extranjero. Supongo que no tengo que explicar el porque del nombre

El logo de la librería, diseñado por mí, a la cual llamamos Librería el Extranjero. Supongo que no tengo que explicar el porque del nombre

 

compra libro 4

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